Mosaico de las Metamorfosis

Mosaico de las Metamorfosis
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jueves, 30 de abril de 2015

Aviarium, consumo y caza de aves en Roma

Detalle de mosaico con perdiz, Villa de Materno, Carranque, Toledo

A finales del siglo I a. C., en Roma e Italia se extendió la captura de aves para su venta y consumo así como la cría. Varrón afirmaba que el caballero Marco Lenio Estrabón fue el primero en construir un aviarium:

“Tú hablas de esa otra clase de aviario que se dice que has construido para recreo junto a Casino, de la que se cuenta que de largo ha sobrepasado no sólo el arquetipo de aviario del inventor, nuestro amigo Marco Lenio Estrabón, nuestro hospedador en Brindis, que fue quien primero tuvo en el peristilo aves encerradas en la exedra, que criaba bajo una red, sino también a los grandes edificios de Lúculo en la región de Tusculum”. (R.R. III, 5, 8)

Este Lúculo quiso hacer un aviario en el que disfrutar de las cenas entre amigos mientras las aves volaban alrededor: 

“ Bajo el mismo techo del aviario había incluido un comedor, donde con frecuencia cenaba voluptuosamente y veía a unas aves cocinadas puestas en la fuente de viandas y a otras, capturadas, revolotear alrededor de las ventanas. Pero lo encontraron inútil, pues las aves que revolotean entre las ventanas deleitan los ojos menos de lo que molesta el extraño olor que llena las narices”.

Pintura de Edwin Howland Blashfield

Fueron los niños y jóvenes quienes, en mayor medida, se apasionaron por la caza o captura de aves, casi siempre con la finalidad de someterlas en cautividad. Se trataba, por lo general, de aves comunes como chovas, patos o codornices. Desde César y Augusto los hijos de las grandes familias romanas fueron aficionándose a las aves exóticas o costosas como juguetes o entretenimientos.

El  hijo del poderoso Régulo, muerto prematuramente, jugaba con ruiseñores, papagayos y mirlos:

“Poseía ruiseñores, papagayos y mirlos. A todos estos animales Régulo los ha hecho sacrificar alrededor de la pira funeraria. El motivo de ello no ha sido un verdadero dolor, sino una mera ostentación de dolor.” (Plinio, Ep. IV, 2)


Detalle de mosaico de la villa del Casale, Piazza Armerina, Sicilia

Incluso, poco a poco, algunos ciudadanos, transformándose en cazadores, comenzaron a dedicarse a la caza de aves por simple diversión. Ovidio ofrece a sus lectores el consejo de cazar aves para olvidar el amor:

“Hay una diversión más inocente, pero, a pesar de todo, diversión: el de conseguir pequeños trofeos con la caza de aves, ya sea con red, ya con cañas” (Rem. Am. 207-208).

En cualquier caso, esta afición rara vez fue propia de adultos y desde luego nunca de aristócratas o emperadores. No tenemos noticia de que ninguno de ellos se dedicara a matar pájaros como deporte, ni siquiera como preparación militar, a diferencia de lo que ocurría en el mundo griego.
En la novela de Longo los jóvenes adinerados de Metimna salían a cazar y pescar como entretenimiento y para abastecer sus mesas:

“También les atraía la caza de las aves, y con lazos atrapaban gansos silvestres, patos y avutardas, de modo que el placer les procuraba provecho  a la vez para su mesa.” (Longo, Dafnis y Cloe, L. II)


Detalle de mosaico con fauna acuática, Museo Nacional Romano, Roma

Ovidio creía firmemente en un pasado en el que las aves estuvieron largo tiempo a salvo de la  mano del hombre y libres de todo temor,  y repudiaba  los tiempos presentes en los que eran ofrecidas en la mesa y en el altar de los sacrificios:

“En otro tiempo habíais sido respetadas vosotras, aves, solaz del campo, raza inofensiva habitante de bosques, que construís nidos y bajo vuestras plumas incubáis los huevos; vosotras, que con sencilla voz emitís dulces melodías.” (Ov., F. I, 449-458)

También Ovidio arremete contra la costumbre de criar las aves, alimentarlas y luego comerlas:

“¡Qué perversos hábitos practica y cuán impíamente se prepara para un festín de sangre humana el que corta con el hierro la garganta de un ternero... o el que es capaz... de alimentarse con un ave a la que él mismo ha dado de comer ... Quitad las redes, los cepos, los lazos y las trampas ingeniosas… que vuestras bocas estén libres de esa pitanza y muerdan alimentos mansos” (Met. XV, 474-479).


Detalle de mosaico de la villa del Casale, Piazza Armerina, Sicilia

Un epigrama de Marcial ofrece  un interesante dato,  la costumbre de regalar aves silvestres en la fiesta de los Caristia (22 febrero) lo que hace pensar en una fuerte demanda de aves silvestres durante el mes de febrero:

“Si el tordo se pusiese amarillo para mí con la aceituna de Piceno, o el bosque de Sabina tendiese mis redes, o la presa de poco peso fuese arrastrada por mi caña alargada, y mi varilla engrasada retuviese los pájaros pegados a ella, el parentesco querido que nos une te haría el regalo que es habitual y no serían antepuestos a ti ni un abuelo ni un hermano. Ahora el campo oye el canto de los débiles estorninos y la queja de los pinzones y celebra la primavera con el trino melodioso de los gorriones; por un lado el labrador responde a la picaza que lo ha saludado, por otro el milano rapaz se alza volando casi hasta las estrellas que brillan en lo alto. Te envío, pues, unos regalillos de mi corral; si los aceptas tal como son, serás frecuentemente mi pariente” (Marc., IX, 54)

 Las pajareras (aviaria)  podían tener la doble función de  custodiar las aves para disfrutar de su vista y en algunos casos de su canto y de guardar a otras mientras se las engordaba para los banquetes.

“Hay dos clases de aviarios”, dice Merula, “uno para disfrute, como nuestro amigo Varrón aquí presente hizo en la parte baja de Casino, que encontró muchos admiradores; el otro para producción. De esta clase, algunos comerciantes los tienen en lugares cerrados tanto en la ciudad como en el campo, especialmente alquilando en la Sabina, porque allí, a causa de la naturaleza del terreno, aparecen muchos tordos.

Junto a las pajareras en las que se guardaba a las aves canoras y de vistoso aspecto existían palomares y gallineros donde se criaban aves productivas.

“Asimismo, debe disponer un cierto lugar separado de los otros por una red, al que se lleven las que estén criando y desde el que las madres puedan volar desde el palomar a los alrededores. Esto se hace por dos razones: una, si están desganadas o languidecen al estar encerradas, para que se restablezcan al aire libre cuando salgan al campo; la segunda razón, como cebo de atracción, pues las palomas, por los pichones que tienen, vuelven siempre a menos que las mate un cuervo o las arrebate un gavilán.” (Varrón, De Rerum Rusticarum, L.III)

Algunos autores comentan cómo se hacía engordar las aves para los banquetes, no sin cierta crítica.

“Las aves que se destinan a los festines, para que, quietas, engorden con facilidad, se las encierra a oscuras: de ese modo, al estar echadas sin hacer ningún ejercicio, una hinchazón indolente invade su cuerpo y bajo la penumbra crece una gordura insípida”.(Séneca, Ad Luc. CXXII)



Mosaico con perdiz, Museo de Brooklyn

En Roma ya se conocía la forma de cebar a las ocas para aprovechar su hígado, muy apreciado como delicia gastronómica.

“Luego aparecieron unos esclavos llevando en un gran plato de trinchar los miembros despedazados de una grulla macho con mucha sal y harina, el hígado de una oca blanca cebado con pingües higos.” (Hor. Sat., II, 8)

El propio Varrón describe el aviario que había hecho construir para sus pájaros como un lugar agradable: 

“En la entrada, a derecha e izquierda hay pórticos, con columnas de piedra en primer lugar; en la mitad, en su lugar, filas de arbolitos de porte bajo; desde la parte superior de la pared hasta el arquitrabe el pórtico se cubre con una red de cáñamo, como también desde el arquitrabe hasta el estilóbato. El espacio está repleto de aves de todas clases, cuyo alimento se administra a través de la red; el agua afluye por un estrecho riachuelo.”

En la Roma de Augusto, gracias a la Pax Augusta, se extendió la moda de importar aves de países lejanos, desconocidas para los romanos hasta entonces, y que empezaron a servirse en las mesas que exhibían el nuevo lujo que se estaba implantando en los banquetes.

“En cambio, si te sirven pavo, difícil será sacarte de querer estimular el paladar con esto más que con gallina, viciado por cosas vanas, porque rara ave se venda a precio de oro y despliegue el espectáculo de su vistosa cola, como si eso fuera pertinente. ¿Acaso te comes ese plumaje que alabas? ¿Cocido guarda su hermosura? ¡Y, no habiendo diferencia en la carne! ¡Mira que preferir uno a la otra engañado por las apariencias! Sea. (Horacio, Sat., II, 2)


Pintura con pavo real, Museo Arqueológico de Tarragona

 Ovidio evocaba los tiempos de la Roma arcaica en la que no se conocían aún estas aves exóticas: 

“En aquella época el Lacio no conocía aún el ave que la opulenta Jonia nos proporciona ni aquella que se deleita con la sangre de los pigmeos; en el pavo no se apreciaba más que su plumaje y la tierra no nos había enviado las fieras que previamente capturara” (Fastos,  VI, 179-183). 

Ovidio se refiere, por ejemplo, al francolín, que si bien habita en Africa y el sur de Europa era el de Jonia el que los gastrónomos solicitaban más asiduamente.
En el Satiricón uno de los convidados se lamenta de que no se aprecien en la mesa las aves que están al alcance y sí aquellas que vienen de fuera:

“Aves como el faisán –importado de Fasia, en Cólquide– o la pintada africana son sabrosas a nuestro paladar porque no es nada fácil conseguirlas. En cambio, la oca blanca o el pato, con las variables tonalidades de sus abigarradas plumas, saben a plebeyo... Lo que escasea es siempre lo mejor” (Petronio, Satir., 93, 2.).




Mientras que las aves domésticas se criaban en los aviarios, las aves silvestres se cazaban mediante diferentes sistemas: con redes, lazos o el aucupium. Por tanto en Roma no tardó en aparecer la figura del pajarero: el auceps o cazador profesional  y con él la depuración de las técnicas de la captura de aves silvestres que Grecia, sin embargo, conocía desde mucho tiempo antes: El auceps cazaba las aves siempre vivas, casi nunca dándoles muerte, como señala un texto de Opiano:

“Verdaderamente, ni para el pescador de caña ni para el que captura pájaros con liga, la caza está desprovista de esfuerzo, pero su fatigosa tarea únicamente va acompañada de deleite, no de matanza, y están libres del derramamiento de sangre”(Cynegetica, I, 52-56).

Los auceps pertenecían a la familia rustica con el cometido de obtener y vender la caza en beneficio del dueño. Debían demostrar cualidades que les permitieran cumplir sus funciones con eficacia: destreza para preparar las trampas, conocimiento del medio y de las costumbres de los pájaros, actuar con sigilo, saber mantener la  atención y gozar de buen oído, y, por supuesto exhibir su habilidad en la aproximación del calamus, la caña untada en la extremidad con un elemento viscoso que el pajarero profesional llevaba consigo para atrapar las aves.

Las cañas o varetas, a veces encajadas unas en otras eran aproximadas poco a poco al pájaro que estaba posado en el árbol, que era atraído con la música de la flauta o la imitación de su canto.

“No se engaña solamente al ave con la vareta, sino también con el canto, mientras la maliciosa caña se alarga con el empuje de la silenciosa mano.” (Marcial, XIV, 216)

Mono cazando con liga, Museo de Estambul,
(foto de Jeremy Brooks, Flickr)

El viscum o liga es una sustancia viscosa obtenida principalmente del jugo del muérdago y algunas otras plantas, con la cual se untan espartos, mimbres o juncos para atrapar pájaros. El pájaro se quedaba adherido a estas varas por esta sustancia pegajosa que le impedía mover las alas:

“Apenas brotó el muérdago, la golondrina comprendió el peligro que amenazaba a las aves, tras reunir a todos los pájaros les aconsejó cortar las encinas donde el muérdago nace y, si esto les era imposible, que fueran a refugiarse con los hombres y les suplicaran que no usaran el poder del muérdago para capturarlo." (Esopo, Fab. 39)

La fabricación del viscum,  tarea de la que se encargaba generalmente el auceps, era muy elaborada. Se obtiene de las pepitas del muérdago todavía verdes, puestas a secar y luego aplastadas y puestas a fermentar en agua. Machacadas de nuevo con una maza se  consigue una pulpa fluida y pegajosa que emulsionada con aceite sirve para pegar las plumas de los pájaros que entran en  contacto con ella.
“No engañéis al pájaro con la vara embadurnada de muérdago." (Met., Ovid.,  15)


Detalle de mosaico con auceps cazando pájaros, Museo del Bardo, Túnez
(Foto de medieval poc Flickr)

La masa de follaje de la parte baja del árbol  ocultaba a la vista de los pájaros un entramado de tablones de madera, dispuestos en círculo y atados con cuerdas en las gruesas ramas bajas, sobre los que se movía constantemente el cazador, con las manos aceitadas o cargadas de ceniza, para ir reponiendo en las perchas las varetas untadas de liga que iban cayéndose por la acción de los pájaros que las tocaban o quedaban adheridas al cuerpo del ave.

“Y alrededor había una gran cantidad de pájaros de invierno, que no podían procurarse su alimento fuera: numerosos mirlos, tordos,  torcaces y estorninos y de cuantas otras clases de pájaros que viven de la hiedra.
Con el pretexto de cazar estas aves salió Dafnis, con su zurrón repleto de pasteles de miel y cargado de liga y redes para dar fe de su intención… a la carrera, pues, llegó hasta la casa y, después de sacudirse la nieve de las piernas, tendió las redes y untó con la liga largas varas; luego se sentó, atento a los pájaros y a Cloe.
Pájaros vinieron muchos, en efecto, y cayeron los suficientes para darle mil trabajos recogerlos, matarlos y desplumarlos.” (Longo, Dafnis y Cloe, L.III)

Por otro lado, como estas aves podían interferir en la caza de aves que se destinaban a la mesa, los pajareros tenían que evitar que algunas aves menores fueran atrapadas por gavilanes u halcones, y se dedicaban a cazarlas a su vez:

“Los palomeros suelen matarlos con dos ramas untadas con liga clavadas en tierra curvadas una hacia la otra; entre ellas ponen un animal atado de los que los gavilanes suelen atacar, y así, al untarse con la liga, se ven frustrados. Conviene notar que las palomas suelen volver a su sitio, porque en el teatro muchos las sacan de su seno y las sueltan, y vuelven a su lugar; y si las palomas no volvieran, no las soltarían.”

Perdiz enjaulada como reclamo, Amman, Jordania

Otra forma utilizada para hacerse con las aves del campo es la caza con reclamo. En el caso de la perdiz, se empleaba una ya amaestrada para que atrajera a otras de su misma especie.

“Las perdices saben corresponder a sus cuidadores y, para ello, atraen también ellas a las perdices libres y salvajes, al igual que las palomas. La perdiz mansa atrae a las salvajes empleando  los trucos de una sirena para reducir a las demás. Se yergue y lanza su canto, que  comporta un desafío y es como una provocación al ave salvaje a la lucha, mientras ella permanece al acecho junto a la trampa o lazo. Luego el más valiente macho salvaje responde con su canto y avanza presto a la batalla en defensa de su pollada. Entonces el ave mansa  retrocede fingiendo que tiene miedo. El otro avanza muy ufano, dando ya por segura la victoria, y es cogido en la trampa y capturado”. (Claudio Eliano, Historia de los Animales, I, 16)

Parece que los aucupes se sirvieron de  aves rapaces para cazar a otras aves menores Algunos autores mencionan la colaboración del halcón o la lechuza con el pajarero en la caza de aves.

Detalle de mosaico con lechuza, Itálica, Sevilla
“La lechuza es un ave astuta y parecida a las brujas. Cuando es capturada, captura ella enseguida  a sus cazadores. Por esto, ellos la llevan de aquí para allá sobre sus hombros como a un ser mimado o ¡por Zeus!, como un hechizo. Por la noche vela el sueño de su amor y con un susurro, que es como un señuelo, derrama un sutil y dulce encantamiento que atrae a las aves y las incita a posarse a su lado. Incluso durante el día practica con las aves otro sistema de señuelo para atontarlas, consistente en poner una diferente expresión de cara en diferentes circunstancias, y todas las aves se quedan hechizadas, aturdidas y presas de terror, de un terror enorme, a causa de las transformaciones faciales del ave.” (Claudio Eliano, Hª de los animales, I, 29)

Los halcones, gavilanes y lechuzas se utilizaron como aves de presa para cazar otras aves menores:

“Depredador ha sido de aves. Sirviente ahora ese mismo de un pajarero, caza las aves y le da pena no haberlas cazado para sí. (Gavilán, Marcial, XIV, 217)

También las utilizaron como señuelo utilizando la caña y la liga:

“El cazador coloca a la lechuza en un soporte, le ata una cuerda y tira de ella para que ésta se mueva y atraiga a los otros pájaros. Pone en torno a ella varitas untadas con liga y las aves al acercarse quedan prendidas en ellas.” (Dionisio, Ixeutica)




La sociedad romana –y la clase aristocrática en particular– incurrió en una actitud de cierto cinismo cuando rechazaba la figura del auceps y sus execrables técnicas de caza pero consumía en las mesas sus capturas. Los mirlos eran capturados con lazo en época de Augusto para ser comidos y aparecen con palomas servidas en un plato. La rabadilla del pichón era muy apreciada y se servía churruscadita:

“Vimos luego servir mirlos con su pechuga tostada y pichones sin las ancas”. (Hor., Sat. II, 8, 91).

Otra actividad del auceps era cazarlas vivas y venderlas para su exhibición sobre todo con el fin de que hablasen  (urracas) o cantasen (mirlos, ruiseñores).  Licinio Arquias, un cliente de Cicerón, dejó un epigrama en el que advertía cómo los dioses protegen especialmente a las aves cantoras de las trampas de los aucupes:

“Un mirlo persiguió a unos tordos por encima de un vallado
y con ellos cayó en el pliegue de una aérea red.
A éstos la cuerda los aprisionó firmemente sin escapatoria posible;
sólo a él dejó salir de la entrelazada celada:
sagrada es ciertamente la raza de las aves canoras,
pues incluso una simple trampa respeta a esos pájaros” (Antol.Palat. IX 343).



Otro destino de las aves capturadas vivas pudo ser el de participar en competiciones como es el caso de las perdices citadas en la obra de Eliano.

“Los que crían perdices reñidoras, cuando las incitan a pelear con otras, hacen que cada hembra esté junto a su macho, pues han encontrado este ardid como remedio contra cualquier cobardía y repugnancia a la lucha, […]
Las perdices que poseen un canto penetrante y musical son conscientes de su destreza sonora. Asimismo, las perdices belicosas, que intervienen en competiciones, creen que, cuando son capturadas, no serán tenidas simplemente como destinadas al sacrificio, y por esto, en el momento de su captura no se pelean con los cazadores con el propósito de no ser cogidas”.
(Claudio Eliano, L.I)


Algunas aves podían ser cazadas por ser signo de mal augurio o por ser una molestia. Macrobio cuenta una anécdota sobre el emperador Augusto que pasaba unas noches en una casa de campo y era molestado o atemorizado por el canto de una lechuza:

“También a un soldado le toleró [Augusto] no sólo libertad de palabra, sino una desconsiderada insolencia. En una casa de campo pasaba noches inquietas porque le interrumpía con frecuencia el sueño el grito de una lechuza. Un soldado, hábil en la caza de pájaros (aucupi peritus), tomó cuidado de capturar la lechuza y se la llevó en la esperanza de recibir un premio vistoso. El general lo elogió y ordenó darle mil sestercios; éste osó replicar: “Prefiero que viva” y dejó volar el pájaro. ¿Quién no queda asombrado de que César Augusto, sin sentirse ofendido, haya dejado marchar a aquél soldado arrogante?”.

No se sabe con seguridad si estaban los aucupes –dados los poco gratos o discutibles objetivos de su trabajo– bajo protección de algún dios.  La única referencia que hay  es la del dios etrusco Vertumno  que presidía el cambio de las estaciones, y que en la ciudad de Roma disponía de un pequeño santuario. Propercio dice de él que era el dios protector de caza de aves con plumas:

“Voy de caza cuando llevo las redes a mi espalda: pero cuando tomo la vareta de liga soy un dios protector de la caza de emplumadas aves”(Propercio, IV, 2, 34-35).


Pintura con ave, Villa de Oplontis, Stabia, Italia

Bibliografía: 

viernes, 10 de octubre de 2014

Canes villatici, perros guardianes y de caza en la villa romana


El perro ha acompañado desde tiempos inmemoriales al hombre durante la caza. En el arte Mesopotámico, Egipcio, Griego y Romano hay muestras de cómo los perros acompañaban a sus amos en las tareas cinegéticas y cotidianas.  Los griegos utilizaban a los perros para perseguir las presas y llevarlas hasta las redes donde las arrinconaban y los cazadores las apresaban.

“Afirma Jenofonte que todas las liebres que son atrapadas por los perros lo son a pesar de su constitución tísica y por azar. Si él hubiera conocido los perros de la Galia, me parece que es de estos perros de los que hubiese hablado en tales términos y hubiera dicho: todas las veces que los perros no cazan una liebre a la carrera es a pesar de su constitución física o por azar, ya que a estos perros, una liebre nunca se les escaparía a menos que el terreno ofrezca algún obstáculo, que un bosque oculte a su presa, que desaparezcan en un agujero o no protegiesen su fuga bordeando el fondo de un barranco. La ignorancia de esta casta de perros explica por qué Jenofonte, cuando habla de perros que persiguen a la liebre, describe el arte de empujarla hacia redes y trampas y, si las esquiva, seguir sus huellas hasta el momento en que, agotada por la fatiga, renuncie a huir. Jenofonte se contenta, en efecto, con exponer la caza tal como la practican los carios y los cretenses.” (Arriano)

Relieve asirio con perro de caza

Los romanos denominaban a los perros de caza venatici y los dividían según la clase de cacería para la que estaban predestinados. Los sagaces eran los que se usaban para seguir los rastros de las presas (sabuesos). Entre ellos estaban los perros Umbros, Carios y Cretenses. Opiano describe un tipo de perro, el Agassaeus, de origen Británico, como de tamaño pequeño, pero fuerte y muy afamado por su capacidad olfativa para  encontrar  la presa siguiendo el rastro por el olor dejado en tierra y en el aire.
 Los celeres eran los perros veloces usados para la persecución de las presas. Para la caza de la liebre se usaba el lebrel (canis Vertragus) apreciado por su velocidad.



 Y los pugnaces,  entre los cuales destacan los de Anatolia, Acarnania y los famosos Molosos, usados para atacar a las desdichadas presas, sobre todo, osos, jabalíes y fieras salvajes.
En este fragmento de la obra de Séneca, Hipólito hace recomendaciones a los cazadores sobre cómo dirigir a los perros de caza, mientras vemos las razas de perro que intervienen en la partida.

“Pero vosotros a los perros callados
Dejad las riendas flojas; retengan al ardiente
Moloso las correas y el luchador
De Creta tense las fuertes ataduras
Con su cuello gastado
Y al Espartano, un tipo de animal
Audaz y ansioso, ¡mucho cuidado!, átalo más corto;
Vendrá el momento en que con los ladridos
Resonarán los huecos de las rocas.
Ahora, sueltos con su sagaz olfato
Husmear la brisa, y con su hocico en tierra
Busquen las huellas, mientras la luz no es clave,
Mientras la tierra llena de rocío
Mantiene impresa la señal de los pies. (Séneca, Fedra, act. I)


Detalle del Mosaico de la caza, Piazza Armerina, Sicilia (Foto de Aidan Mcrae Thomson)

Los perros pastores, pastorales, se destinaban al cuidado y transporte de los ganados. Defendían el ganado de los depredadores que acechaban por los caminos, campos y bosques. Los villatici eran los perros destinados a la custodia de casas, villas  o talleres avisando si aparecían extraños. Según los escritores agrícolas el perro de guardar el ganado, en establo o en pastoreo, no debía ser tan ligero como los que perseguían  a los gamos o a los ciervos, ni tan pesado como los que guardaban  la casería y los graneros, pero lo suficiente para que pudieran pelear contra los lobos, y ligero para seguirlos cuando huían, hacerles  soltar la presa y devolverla.


Detalle de mosaico, Museo del Bardo, Túnez (Foto Sallycat)

Varrón recomienda que haya un perro por cada pastor y la cantidad total debería depender de si en la región había muchas alimañas o del tamaño del ganado. También escribe que se les colocaba unos collares alrededor del cuello, unas correas de cuero duro forradas con pieles blandas para no dañar el cuello, pero que llevaban unos clavos para protección contra las fieras.


Detalle con collar de perro, mosaico Villa de Carranque
Columela resaltó que el perro guardián de las villas debía ser oscuro de piel 

“porque un perro oscuro tiene una apariencia más aterradora y durante el día puede hacerse notar, y asustar con su apariencia al merodeador. Cuando cae la noche, el perro, perdido en las sombras, puede atacar sin ser visto… su temperamento no puede ser ni muy noble ni muy feroz y cruel; mientras que lo primero lo haría demasiado apto para aceptar a un ladrón. Lo segundo lo predispondría a atacar a las personas de la casa.”
“No importa que los perros guardianes de la casa tengan cuerpos pesados y que no sean de paso ligero. Ellos nacieron para cumplir su tarea en un lugar reducido y no necesitan correr lejos.”

Perro Moloso. Museo Británico.
(Foto Marie-Lan Nguyen)
Los asirios criaban perros grandes y poderosos para utilizarlos tanto en las batallas como en la caza de leones y de otras fieras. Eran perros con hocico fuerte y corto, cabeza inmensa, patas musculosas, cuerpo grande y pesado. Se utilizaban para proteger al ganado de los depredadores de gran tamaño y cuidar las propiedades.  Estos perros llamados Molosos, naturales de Épiro, fueron extendidos por los fenicios por todo el Mediterráneo y zonas de Europa occidental. Julio César los llamó Pugnaces Brittanae.
Opiano en el año 212 d.C. recomienda el perro Laconio, delgado y muy rápido, para cazar la gacela, el ciervo y la liebre. Describe el Moloso como un perro no rápido pero fuerte y valiente. Recomienda perros que no ladren porque el silencio es la norma de los cazadores y sobre todo de los rastreadores.

 “No dejes para lo último el cuidado de los perros, antes cría justamente con pingüe suero los cachorros corredores de Esparta y el fiero mastín Moloso; con tales guardas nunca tendrás que temer en tus majadas al ladrón nocturno, ni las incursiones de los lobos, ni que te cojan desprevenido los errantes iberos. También a veces podrás a la carrera perseguir a los tímidos onagros y cazar liebres y gamos con perros: muchas veces también con sus ladridos sacarás a los jabalíes de sus agrestes guaridas, y acosando con vocerío por los montes al corpulento ciervo le obligarás a caer en tus redes.” (Virg. Georg. III)

El galgo fue para la cultura romana un aclamado cazador y acompañante de la sociedad aristocrática siguiendo la tradición adquirida de Egipto. Los celtas llamaron a los galgos vertragi, pies rápidos, pues estaban destinados a la caza menor, donde el animal no necesita una gran ferocidad o corpulencia.

“No caza para sí, sino para su amo, el bravo lebrero, que te llevará entre sus dientes la liebre sin dañarla." (Marcial, XIV, 200)



Detalle de mosaico de una villa en Cesarea

El perro Vertragus revolucionó la caza. Cazaba con la vista, en vez del olfato, y con él el cazador podía seguir la caza a caballo, en vez de correr a pie. Era tan rápido que se empleaba en la caza deportiva, deporte de origen Celta para perseguir a la liebre sin matarla.

“Entre los machos, los mejores son aquellos que, grandes y bien conformados, se parecen a las hembras por su flexibilidad, y entre las hembras, las mejores son aquellas que tienen el ardor y el cuerpo musculado de los machos"

"La perra es ciertamente más rápida y precoz que el macho, pero éste suele ser mejor para soportar la fatiga y corre en toda estación del año. Tiene más alto precio, porque las buenas perras abundan, mientras que no es fácil encontrar un buen perro. Es preciso considerar también que una perra conserva su rapidez hasta los cinco años y un perro puede conservaría hasta los diez. Hay que estimar como un gran tesoro un macho verdaderamente bueno y atribuir a la protección de los dioses el que un cazador dé con uno de estos.”
(Arriano)


Marcial escribió un epigrama sobre una perra entrenada para la caza:

“Criada entre los entrenadores del anfiteatro, cazadora, intratable en el bosque, cariñosa en casa, me llamaba Lidia, fidelísima a mi dueño, Dextro, que no hubiera preferido tener la perra de Erígone, ni el de raza cretense que, siguiendo a Céfalo, llegó con él hasta la estrella de la diosa que trae la luz. No se me llevó una larga sucesión de días, ni la edad inútil, como fue el destino del perro de Duliquio. Me mató el fulminante colmillo de un jabalí con espumarajos tan grande como el tuyo, Calidón, o el tuyo, Erimanto,. Y no me quejo, aunque fui enviada prematuramente a las sombras infernales no pude morir con una muerte más noble.” (Epigramas, XI, 69)


Relieve romano. Museo de Colonia

Arriano, nacido a finales del siglo II en Nicomedia de Bitinia cuenta cuáles eran las características buscadas por los galos en sus perros de carrera y nos dice: 

“Los galos cazan sin utilizar lazos, y no solo para procurarse carne, sino también por el placer y la belleza misma de la caza. Poseen una raza de perros no menos hábiles que los carios o cretenses, para seguir una pista por el olfato, si bien su forma carece de gracia y es tosca… Estos perros se llaman “segusi” (o perros guía). No andan muy aprisa y son muy ardorosos en seguir una pista. Cuando encuentran el rastro, aúllan lastimeramente, en vez de ladrar.”


Mosaico, Iglesia de Lot, Jordania

De la fidelidad de los perros hacia sus amos hay constancia en la obra Historia de los Animales de Eliano:

“Un tal Nicias se separó imprudentemente del grupo de cazadores y vino a caerse en un horno de carboneros y los perros que lo acompañaban, al ver lo ocurrido, no se separaron de allí, sino que, al principio, permanecían aullando y ladrando en torno al horno, hasta que al fin, sin más, llamando la atención de los transeúntes tirando con sus dientes suave y delicadamente de los vestidos, intentaban llevarlos al lugar del suceso, como si los perros llamaran a los hombres a que acudieran en auxilio de su amo…” (I, 8)

Arriano describe a su perra de caza y compañía Horme destacando su fidelidad.

“He criado una perra cuyos ojos son los más grises; es rápida, eficiente, valiente y de fuertes patas, y la mejor rival para cuatro liebres en cualquier momento. Es la más cariñosa no solo conmigo sino con mis amigos y compañeros cazadores. Cuando no está corriendo, no se separa de nosotros. Me acompaña a todas partes, incluso cuando voy al gimnasio, y se sienta a mi lado mientras hago mis ejercicios.”

También Arriano aconseja cómo comportarse con los perros una vez terminada la actividad cinegética para recompensarles por el trabajo bien hecho.

“Cuando el  galgo ha atrapado la liebre, o ha vencido en la carrera, deberías desmontar de tu caballo, y acariciar a tu perro y felicitarle, besando su cabeza y rascando sus orejas, y llamándole por su nombre: “Bien hecho, Cirras”, “Bien hecho, Bonnas”, “Bravo, mi Horme”, citando cada perro por su nombre, porque al igual que a los hombres de espíritu generoso, les gusta ser alabados, y si el perro no está demasiado cansado, vendrá alegremente a agasajarte.”


Mosaico romano, Cartago Túnez (Foto Mary Harrasch)

En las casas romanas solía haber un perro guardián atado con una cadena que ayudaba con su aspecto y ladridos a proteger el hogar de ladrones o merodeadores. El visitante de la casa podía encontrar a su llegada un mosaico con un perro y un letrero “Cave Canem” (Cuidado con el perro) para alertar de la presencia de un perro encargado de vigilar la casa.

Sobre el perro guardián y el de compañía tenemos el testimonio del Satiricón, en el que encontramos la perrita Perla del favorito de Trimalción y el enorme perro que se encarga de custodiar la casa: 

“Se ocupaba de cubrir con una faja verde a una perrita negra y muy gorda. Todo el afán del muchacho era engordar a la perra con media hogaza que le había puesto en el lecho y que ella rechazaba a punto de vomitar… Que traigan a Escilax, el guardian de la casa y de la familia…Y sin demora, atado a una cadena, trajeron un perrazo enorme, que se echó delante de la mesa, obligado a tumbarse por un puntapié del portero. Ninguno de la casa me quiere más que él – dijo Trimalción, echándole un pan blanco.” (Petronio, Satyricon. 64)

Los perros de compañía (catelli), generalmente pequeños, eran apreciados por damas y algunos otros personajes, que los llevaban encima. Especialmente conocido era el canis melitei, de pequeño tamaño y pelaje suave.

“Descansaba cómodamente en el regazo de mi dueño o de mi dueña y mi cuerpo fatigado dormía en un lecho que me habían preparado amorosamente. Aunque sin el don de la palabra, sabía hacerme comprender mejor que ningún otro de mis semejantes; y, sin embargo, ninguna persona temió mis ladridos. ¡Madre desdichada! La muerte me alcanzó al dar a luz a mis hijos. Y, ahora, un estrecho mármol cubre la tierra donde yo descanso.” (Petronio)


Lápida de la perrita Helena, Museo Getty
Aparecen en lápidas junto a sus difuntos dueños, o bien a algunos se les dedica su propia estela fúnebre, como demostración del cariño que les tenían sus amos.

¿Construyes mi panteón de acuerdo con mis instrucciones? Te ruego encarecidamente que a los pies de mi estatua figures mi perrita…A mi derecha colocarás la estatua de mi Fortunata con una paloma en la mano y llevando a una perrita atada con una correa…”(Petronio, Satyricon)



“A Helena, hija adoptiva, alma incomparable y digna”









Mosaico, Museo Británico

Horacio escribió en sus Épodos contra el orador Casio Severo, que solía arremeter contra personajes de la sociedad romana. El poeta utiliza un símil de perros de caza para criticar a este personaje que acabó siendo desterrado.

¿Por qué al advenedizo inofensivo
Ladras tan fieramente, mastín callado ante rapaces lobos?
¿Por qué, si hacerlo puedes,
Tus amenazas vanas no diriges
Contra mí, que también puedo morderte?
Como el Moloso can o el Laconio rojo,
A su rebaño fieles, enhiestas las orejas, la alimaña
Perseguiré tenaz por la alta nieve…” (Epod. VI)


Perro Leander, Mosaico de Adonis, Villa de Carranque

En el arte romano se pueden hallar ejemplos de la consideración que los perros de caza tenían entre sus dueños. En los mosaicos romanos de la época bajoimperial  aparecen los nombres de los perros representados durante la carrera tras la presa o heridos por las bestias, como en el mosaico de Adonis en Carranque, donde los perros Leander y Titurus son heridos por el jabalí que acaba matando a Adonis. El nombre del primero corresponde al mito griego de Hero y Leander, dos jóvenes enamorados que viven cada uno a  un lado del Helesponto. Como su amor está prohibido, la joven Hero enciende en la torre en la que vive una antorcha para guiar a su amado hasta ella, pero una noche, un fuerte vendaval apaga la luz y,Leander, al no encontrar el camino muere ahogado y ella se suicida al enterarse.

Titurus es uno de los pastores protagonistas de las Bucólicas de Virgilio.


Perro Titurus, Mosaico de Adonis, Villa de Carranque
Bibliografía:

www.bib.uab.cat/veter/achv/columela-gossos-rabada.pdf; Lo que el hispano – romano Lucio J. M. Columela describió sobre perros, en su obra "DE RE RUSTICA". Visto por un veterinario; Jaume Camps i Rabadà
Mastín Napolitano, Carol Paulsen, Google Books
https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/4013632.pdf; Representaciones e imaginarios perrunos: desde Grecia hasta la Conquista de América; Megumi Andrade Kobayashi
http://e-spacio.uned.es/fez/eserv/bibliuned:Epos-2012-28-6005/Documento.pdf; HOMINES ET CANES: EL VÍNCULO ENTRE EL SER HUMANO Y EL PERRO EN LA OBRA DE MARCIAL Y JUVENAL; Cayetana Paso Rodríguez
www.booksie.com/posting/jmessick/canines-in-greek-and-roman-mythology-147580; Canines in Greek and Roman Mythology; J. Messick

jueves, 13 de diciembre de 2012

De caza por la zona

Piazza Armerina, Sicilia
Al igual que ahora muchos hombres salen de caza los domingos por la zona de la Sagra, la actividad cinegética era uno de los pasatiempos favoritos de los propietarios de villas romanas. En la época se pensaba que servía para fortalecer el carácter y para ejercitarse físicamente en tiempos de paz, además de para proteger a los rebaños.
El ritual de la caza empezaría, por lo que parece, muy probablemente con la ofrenda a Diana cazadora, protectora de los bosques y de los montes. Los criados portarían estacas, redes y demás aparejos. Después seguiría la caza propiamente dicha. Posteriormente un descanso en el que se hacía una comida y la jornada terminaría con la vuelta a casa de los cazadores y los esclavos cargando con las piezas conseguidas.
La cacería a caballo de venados y jabalíes se realizaba haciendo huir a la presa conduciéndola hacia unas redes y usando lanzas y flechas para abatirla. Los perros formaban parte de la persecución de los animales grandes o pequeños y eran muy apreciados por sus dueños, que ponían sus nombres en los mosaicos de sus residencias.

Durante el Bajo Imperio se elaboraron ricos mosaicos y otras piezas artísticas con motivos de caza. Con ello el propietario de la villa deseaba mostrar el triunfo del Bien sobre el Mal ( la victoria del hombre sobre la bestia) y al mismo tiempo expresar su status social, pues solo los ricos podían dedicarse a esta actividad.
La aparición de animales salvajes en algunos mosaicos en lugares donde era imposible encontrarlos, puede significar que se copiaban los motivos de mosaicos africanos y asiáticos, además de identificarse con el poder imperial, pues solo los emperadores o altos cargos podrían tener la opción de cazar estos animales.
El emperador Adriano fue un gran aficionado de las cacerías, que compartía con sus amigos, y se dice que mató a un león, y que llegó a romperse la clavícula y una costilla con esta actividad.


Mosaico Adonis, Carranque

En la villa de Carranque se funde, en un mosaico de una sala de recepción, el mito de Adonis, que encuentra la muerte al enfrentarse con un jabalí, practicando su actividad favorita , la caza; pasatiempo que estaría, seguramente, entre las actividades preferidas del dueño de la villa. En el mosaico aparecen el dios Marte y Venus, que contemplan la escena en que Adonis lucha con un jabalí, mientras que en otro plano  se representan los perros con sus nombres, Leander y Titurus, que acompañarían a su amo en sus excursiones cinegéticas.

Las aves solían ser cazadas con el método del aucupium, que consistía en una caña untada con una sustancia pegajosa en la que los pájaros quedaban adheridos y atrapados. La caza de la perdiz con una enjaulada como reclamo también era una práctica común. Asimismo era habitual la cetrería o caza con halcón.