Mosaico de las Metamorfosis

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miércoles, 22 de julio de 2020

El mito de Diana y Acteón

Baño de Diana, Mosaico de las Metamorfosis, Villa romana de Carranque, Toledo

El mito de Acteón presenta a un joven, hijo de Aristeo y Autónoe, que instruido por el centauro Quirón, se convirtió en un gran cazador. Un día, mientras Acteón recorría los bosques en compañía de sus perros, encontró a la diosa Diana (Artemis), en un claro junto a un lago, bañándose con sus ninfas, tras una jornada de caza. Acteón se quedó un largo rato contemplando a la diosa desnuda, y, cuando finalmente ella, que era muy cuidadosa con su intimidad, advirtió su presencia, se enojó lo transformó en ciervo, provocando que sus propios perros, al no reconocerlo, lo atacaran y despedazaran.




Según Ovidio, el encuentro de Acteón con Diana se produce en un escenario idílico, el valle de Gargafia, en un lugar apartado con una gruta natural, junto a la que corre un manantial en el que la diosa solía bañarse, acompañada de un cortejo de ninfas, tras un día de caza durante su baño es fortuito, pero sufre la ira de la diosa igualmente. Allí, de forma involuntaria, la encuentra Acteón, el cual, al ser visto por las mujeres, provoca la ira de la diosa, quien procede a pronunciar unas palabras por las que el joven cazador empieza a transformarse en un ciervo, el cual huye y acaba perseguido y despedazado por sus propios perros de caza, con lo cual queda saciada la sed de venganza de la diosa.

“Había un valle cuajado de pinos y de puntiagudos cipreses, conocido
por Gargafia, consagrado a Diana, la de corto vestido, y
en cuyo más apartado rincón hay una gruta, rodeada de selva
y en la que nada es obra del arte; la naturaleza con sus propias
habilidades había imitado al arte; y así, con piedra pómez viva
y con ligeras tobas había trazado un arco natural. A la derecha
murmura un manantial de delgada y límpida corriente y rodeado,
en su amplia salida, de orillas herbosas. Aquí solía la diosa de
las selvas, cuando estaba fatigada de la caza, bañar en el crista-
lino líquido sus miembros virginales. Cuando llegó allí, entregó a
una de sus ninfas. que cuidaba de sus armas, la jabalina, la aljaba
y el arco destensado; otra recogió en los brazos el vestido que la
diosa se ha quitado; otras dos le desatan el calzado; y, más diestra
que aquellas, la isménide Crócale reúne en un moño los cabellos
que caían sueltos por el cuello de la diosa, bien que ella misma
los llevaba flotantes…


Diana en el baño, Volubilis, Marruecos, foro Jerzy Strzelecki

Y mientras allí se baña la Titania en sus aguas acostumbradas, he
aquí que el nieto de Cadmo, después de suspender sus trabajos, y
errando a la ventura por un bosque que no conoce, llega a aquella
espesura; pues los hados lo llevaban. Tan pronto como penetró en
la gruta que destilaba la humedad del manantial, las ninfas, al ver
a un hombre, desnudas como estaban, se golpearon los pechos, lle-
naron de repentinos alaridos todo el bosque, y rodeando entre
ellas a Diana la ocultaron con sus cuerpos; pero la diosa es más
alta que ellas y les saca a todas la cabeza. El color que suelen tener
las nubes cuando las hiere el sol de frente, o la aurora arre-
bolada, es el que tenía Diana al sentirse vista sin ropa. Aunque a
su alrededor se apiñaba la multitud de sus compañeras, todavía
se apartó ella a un lado, volvió atrás la cabeza, y, como hubiera
querido tener a mano sus flechas, echó mano a lo que tenía, al
agua, regó con ella el rostro del hombre, y derramando sobre sus
cabellos el líquido vengador, pronunció además estas palabras que
anunciaban la inminente catástrofe: "Ahora te está permitido contar
que me has visto desnuda, si es que puedes contarlo". y sin
más amenazas, le pone en la cabeza que chorreaba unos cuernos
de longevo ciervo, le prolonga el cuello, hace terminar en punta
por arriba sus orejas, cambia en pies sus manos, en largas patas
sus brazos, y cubre su cuerpo de una piel moteada.


Diana y Acteón. Siria. Foto Egisto Sani

Añade también un carácter miedoso; huye el héroe hijo de Autónoe,
y en su misma carrera se asombra de verse tan veloz. y cuando vio
en el agua su cara y sus cuernos, "iDesgraciado de mí!" iba a decir,
pero ninguna palabra salió; dio un gemido, y ése fue su lenguaje;
unas lágrimas corrieron por un rostro que no era el suyo,
y sólo su primitiva inteligencia le quedó. ¿Qué podría hacer? ¿Vol-
ver a casa, a la mansión real, o esconderse en las selvas? La vergüenza
le impide esto, el temor aquello. Mientras vacila, lo han
visto los perros'; Melampo y el rastreador Icnóbates han sido los
primeros en dar con sus ladridos la señal, de Gnosos Icnóbates,
de raza espartana Melampo…



Diana y Acteón. Pompeya. Foto Carole Raddato

Toda la jauría le persigue, ansiosa de botín, por rocas y peñascos,
por riscos inaccesibles, por donde el camino es difícil. por donde no existe camino.
Huye él a través de parajes por los cuales muchas veces había él perseguido,
iay! huye de sus propios servidores. Anhelaba gritar: "Yo
soy Acteón, reconoced a vuestro dueño". Pero las palabras no acuden
a su deseo; atruenan el aire los ladridos. Melanquetes I le hizo
las primeras heridas en el lomo; siguieron las de Terodamante;
Oresítrofo hizo presa en el hombro. Habían partido después que
los otros, pero a través de atajos de la montaña se adelantaron
en el camino. Mientras ellos sujetan a su dueño, se congregan los
demás de la tropa y juntan sus dientes en aquel cuerpo. No hay
ya espacio que herir; gime él, y su voz, aunque no es de hombre,
no podría tampoco emitirla un ciervo, y colma de lúgubres lamentos
las alturas que le son tan conocidas; y con las rodillas
contra el suelo, en actitud suplicante y como si algo pidiera, mueve
a un lado y otro el rostro, como si alargara sus brazos. Pero sus
compañeros, que nada saben, azuzan con sus habituales gritos al
arrebatado tropel, buscan con los ojos a Acteón, y a porfía gri-
tan "Acteón", como si estuviera ausente -al oir su nombre vuelve
él la cabeza-, y se lamentan de su ausencia y de que por desidia
no asista al espectáculo de la presa que se les ha presentado.
El bien quisiera estar ausente, pero está presente; y quisiera ver,
pero no notar además las salvajes hazañas de sus propios perros.
Por todas partes le acosan, y con los hocicos hundidos en su cuerpo
despedazan a su dueño bajo la apariencia de un engañoso ciervo.
y dicen que no se sació la cólera de Diana, la de la aljaba, hasta
que acabó aquella vida víctima de heridas innumerables.” (Ovidio, Metamorfosis, III)


En la época clásica griega el castigo al que Artemis somete a Acteón no se debe a que la sorprendiese durante su baño, sino a que se había permitido jactarse de ser mejor cazador que la diosa, razón por la que esta aparece siempre vestida en las obras artísticas.



Artemis y Acteón. Metopa de templo en Selinonte. Museo Arqueológico de Palermo

En el periodo helenístico aparece el tema del baño de la diosa. Calímaco establece una relación de amistad entre Acteón y Diana para conferir al episodio un mayor dramatismo por la inflexibilidad de la diosa ante la acción involuntaria de un amigo

“¡Cuántas víctimas quemará, andando el tiempo, la Cadmeide en el ara sacrificial, cuántas Aristeo, suplicando ver ciego a su hijo único, el adolescente Acteón! Y, sin embargo, éste será compañero de correrías de Ártemis la grande; y ni esas correrías compartidas, ni las flechas que juntos arrojarán en las montañas, podrán salvarlo cuando, involuntariamente, vea el placentero baño de la diosa; sus propios perros se lo cenarán, a él, que fuera su amo.” (Calímaco, Himnos, V)





Otros autores atribuyen la muerte a otros motivos. Pausanias relata que Diana envuelve al joven cazador en una piel de ciervo para evitar su boda con Sémele, con quien Zeus quería unirse.

“Viniendo desde Mégara hay una fuente a la derecha, y avanzando un poco, una roca. La llaman “lecho de Acteón”, porque dicen que sobre esta roca dormía Acteón cuando se cansaba de cazar, y dicen que en la fuente vio a Ártemis bañándose. Estesícoro de Hímera7 cuenta que la diosa cubrió a Acteón con una piel de ciervo y así preparó su muerte por medio de sus perros, para que no tomara por mujer a Sémele.
Yo estoy convencido de que, sin intervención de la divinidad, la rabia atacó a los perros de Acteón. Se volvieron locos y habían de despedazar a todo el que encontraran, sin distinción.” (Pausanias, Descripción de Grecia, IX, 2, 3)



Acteón. Museo Corinium, Cirencester, Inglaterra.


El autor Diodoro Sículo justifica el enfado de la diosa por la pretensión de Acteón de contraer matrimonio con ella o por pensar que era mejor cazador.

“A continuación, dicen, se trasladó a Beocia, donde se casó con una de las hijas de Cadmo, Autónoe, con quien engendró a Acteón, quien, según cuentan los mitos, fue despedazado por sus propios perros. Algunos relacionan la causa de esta desventura con el hecho de que, en el templo de Artemis, como premio a las primicias de caza que había consagrado a la diosa, había proyectado que se celebrara su matrimonio con Artemis; pero otros dicen que fue porque declaró que aventajaba a Ártemis en la caza. No es inverosímil que la diosa se irritara por ambas causas; bien porque Acteón se aprovechara de sus capturas de caza para obligar a aquella que no quería tomar parte en la boda y satisfacer así su propio deseo, bien porque se atreviera a declarar que era mejor cazador que ella, cuando incluso los dioses han renunciado a rivalizar con ella en estas artes, lo cierto es que la diosa concibió contra él una cólera justificada. En suma, es verosímil que su aspecto fuera metamorfoseado en uno de los animales salvajes capturados y que sus perros, que tenían por presa a todos los animales salvajes, lo mataran.” (Diodoro Sículo, Biblioteca Histórica, IV, 81, 4)



Casa de Salustio, Pompeya. Acuarela de Josef Theodor Hansen (1886)


Ovidio utiliza la desdichada fortuna que se abatió sobre Acteón para ilustrar la suya en el destierro en Tomis, ninguno puede volver a casa, Acteón por enojar a una divinidad, Ovidio al emperador.


“Sin pretenderlo, Acteón contempló desnuda a Diana y, sin embargo, no por ello fue menos presa de sus propios perros; y es que, a los ojos de los dioses, hasta el azar hay que expiarlo y un hecho casual no obtiene el perdón, si ha sido ofendida una divinidad.” (Ovidio, Tristes, II, En defensa de su poesía)

Nono de Panópolis presenta a un Acteón, que ante la vista de la diosa se queda observando y muestra intención de seguir contemplando su desnudez, por lo que no se ve tan inocente como el joven descrito por Ovidio.

“Ocurrió que un día, sentado en lo alto de un roble de elevado tronco vio todo el cuerpo de la Arquera mientras se estaba bañando. Él, Ávido observador de la diosa que no se debe ver, recorrió con sus ojos la casta piel de la virgen no desposada, y la vio de cerca. Pero mientras espiaba con furtivos ojos la figura sin ropa de la soberana, una ninfa Néyade lo vio a lo lejos con torvos ojos. Apabullada, prorrumpió en gritos y comunicó a su soberana el irrefrenable atrevimiento de un varón loco de amor.” (Nono de Panópolis, Dionisiacas, V, 305)



Diana y Acteón. Casa de Octavio Quartius, Pompeya
Además, este mismo autor señala a la diosa como causante de una locura colectiva en los perros para matar a su amo, los cuales, por el cruel ensañamiento deseado por ella, acabarán con el desafortunado Acteón de la forma más dolorosa posible.

“Sus perros no reconocieron ya más a su antiguo amo que había cambiado de naturaleza. La cruel Arquera en su resentimiento los enloqueció con un inapelable signo de su cabeza; y en este rabioso desvarío, presos de un furioso aire, ellos aguzaron la doble fila de sus parejos dientes asesinos de cervatillos. Y desorientados ante el falso aspecto de un ciervo, devoraron su moteado cuerpo, que no le pertenecía, con irracional furor. Pero la diosa pensó otro tormento. Que los perros con lentas mandíbulas desgarraran poco a poco a Acteón, que aún respiraba y estaba consciente, a fin de atormentar su corazón con los dolores más agudos.” (Dionisiacas, V, 330)



Acteón. Mosaico de Conimbriga, Portugal


De acuerdo con Apolodoro, los perros, tras matar a su amo, sin haberlo reconocido, recorren el bosque buscando a su amo, y llegan donde está Quirón, quien crea una estatua de bronce con la figura de Acteón para ellos.

“Tras la muerte de Acteón, los perros lo buscaron aullando en términos que movían a piedad, y solo se consolaron con una estatua que había modelado el centauro Quirón a imagen y semejanza del joven cazador.” (Apolodoro, Biblioteca Mitológica, IV, 4).

En la antigüedad se realizaron obras artísticas que reflejaban el mito de Acteón en sus diversas fases, el baño de la diosa, la transformación del joven cazador en un ciervo o su muerte al ser atacado por sus propios perros. Mosaicos, frescos y estatuas han transmitido el infortunado incidente como prueba del destino trágico de los mortales ante la ira y el designio de los dioses.

“Un mármol de Paros, cincelado con los rasgos de Diana, ocupa exactamente el centro de la estancia; era una obra de radiante perfección: la diosa, con su túnica desplegada al viento y en viva carrera, parecía salir al encuentro de los visitantes; su majestad inspiraba veneración. Unos perros forman a ambos lados su escolta; también los perros eran de piedra; tenían una mirada amenazadora, las orejas tiesas, las fosas nasales dilatadas, la boca dispuesta a devorar; si en la vecindad se dejaba oír algún ladrido, te figurarías que salía de aquellas fauces de mármol…A espaldas de la diosa se yergue una roca en forma de gruta con musgo, césped, hojas, varitas, pámpanos por aquí, arbustos por allí, una verdadera flora nacida en la piedra. En el interior de la gruta destaca la sombra de la estatua sobre la blancura del mármol. En la cornisa de la roca cuelgan frutas y racimos de tan acabada perfección, que el arte, compitiendo con la naturaleza, supo crearlos con el mismo aparente realismo. En medio de la enramada, un Acteón de piedra se adelanta hacia la diosa con indiscreta mirada; medio cambiado ya en ciervo, se le ve en la piedra de la roca y en el agua de la fuente a la vez acechando la entrada de Diana en el baño.” (Apuleyo, El asno de oro, II, 3, 10)


Acteón. Museo Británico. Londres



Bibliografía

https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=58105; Nono de Panópolis y el mito de Acteón; Antonio Villarubia
https://riull.ull.es/xmlui/handle/915/5902?show=full; La violencia en la mitología clásica. Los castigos de los dioses; Daniella E. Felipe Ferrer
https://core.ac.uk/reader/58910172; El tema de Acteón en algunas literaturas europeas; Bienvenido Morros Mestres
Arte y mito. Manual de iconografía clásica. Miguel Ángel Elvira Barba, Ed. Sílex


lunes, 16 de mayo de 2016

Hilas y las Ninfas y otros mitos




Detalle del mosaico Las Metamorfosis, Hilas y las Ninfas, Villa Romana de Carranque, Toledo

En el cubiculum de Materno de la villa romana de Carranque se encuentra el llamado Mosaico de las Metamorfosis, con escenas que representan episodios mitológicos recogidos en obras literarias de la antigüedad clásica.

Una de las historias retratadas es la del hermoso joven Hilas, raptado por las ninfas de las aguas.
Hilas es hijo de Tiodamante, rey de los Dríopes, y de la ninfa Menodice. Cuando Hilas era aún muy niño, Heracles mató a su padre y le raptó a él. Después le educó con esmero y le hizo su compañero inseparable, y también su amante según la versión más común, porque Hilas era un muchacho de extraordinaria belleza. Ambos participaron en la expedición de los Argonautas, al mando de Jasón, y allí ocurrió el suceso crucial en el mito de Hilas. Habiendo desembarcado los héroes en Misia, se disponían a cenar y el joven Hilas fue con un cántaro en busca de agua para la comida. Encontró una fuente (o lago o río) y cuando se agachó para coger agua, las ninfas de la fuente, que habitaban dentro del agua, enamoradas de la belleza del joven, lo atrajeron y lo hundieron, para inmortalizarlo junto a ellas. Ante su tardanza, Heracles empezó a buscarlo, desesperado, llamándole a gritos. No cesaba de mirar por todas partes, y, desesperado, ya no volvió a la nave Argo, que partió sin él.

Aunque este mito ya se conocía en el s. V a. C., y quizás también antes, es en la época helenística y en la romana cuando se hace popular, siendo las fuentes literarias principales —y las más antiguas en que se encuentra desarrollado por entero— dos poemas del s. III a. C., Argonáuticas de Apolonio Rodio y el Idilio 13 de Teócrito. En época romana hay algunos autores que tratan el tema, como Propercio, Marcial y Antonino Liberal, que recoge el mito narrado por Nicandro.

La gran mayoría de las representaciones de Hilas, suelen estar relacionadas principalmente, con el rapto por las ninfas, que se convierte en motivo esencial del mito, quizá por analogía con otras imágenes de raptos de tema erótico, que son muy numerosas en el arte romano. Si bien es esta tendencia de representación del mito la que triunfó, según puede deducirse del número de imágenes conservadas, existió también y se mantuvo a lo largo del tiempo otra tradición que parece ser minoritaria y que representó el episodio atendiendo más fielmente al sentido de la narración del episodio, con la figura de Heracles buscando infructuosamente al joven.



Mosaico de Hilas y las Ninfas con Hércules, Itálica

“Heracles, cuando realizó la travesía marítima con los Argonautas, que le habían designado como su jefe, llevó consigo a Hilas, hijo de Ceix, joven que gozaba de una gran belleza. Ya habían arribado al estrecho del Ponto y navegado bordeando las extremidades del Argántona, cuando se produjo una tempestad y una violenta batida de oleaje. Los Argonautas tiraron el ancla y dieron reposo a la nave. Heracles, entonces, se dispuso a preparar la comida a los héroes. El joven Hilas, con un cántaro, se acercó hasta la orilla del río Ascanio para llevar agua a los jefes. Las ninfas, hijas de este río, al verle, quedaron prendadas de él y, en el momento en que Hilas estaba sacando agua, lo arrastraron al interior de la fuente. Hilas desapareció; y, como quiera que no regresara, Heracles abandonó a los héroes y comenzó a explorar el bosque en todas direcciones, llamando incesantemente al muchacho a grandes gritos. Las ninfas, temiendo que Heracles encontrara a Hilas escondido entre ellas, convirtieron al joven en un eco que respondía con regularidad a las voces de Heracles. Éste, como no pudo encontrar a Hilas, pese a sus denodados esfuerzos, regresó al navío y se embarcó con los héroes, pero dejó a Polifemo en aquel lugar, con la esperanza de que prosiguiera la búsqueda y encontrara a Hilas. Polifemo murió, empero, antes de haberlo logrado. Las gentes del país ofrecen, todavía en nuestros días, sacrificios a Hilas al borde de la fuente. El sacerdote le llama por su nombre tres veces, y tres veces le responde el eco.” (Antonino Liberal, Metamorfosis)

Antonino Liberal es el único que hace de Ceix el padre de Hilas. Para el resto de los autores, su padre era Tiodamante, rey de los dríopes, a quien dio muerte Heracles. Según otros autores, Heracles ya no vuelve a embarcar.

El tema del rapto de mujeres y jóvenes hermosos por parte de dioses o seres inmortales es ampliamente tratado en la literatura clásica. Zeus se lleva a Europa y Ganímedes, las ninfas atrapan a Hilas y Hermafrodito. El amor y el erotismo son las razones que llevan a la abducción por parte de las Ninfas de muchachos que se acercan a buscar agua o refrescarse en las orillas de las aguas donde ellas residen.




Mosaico de Hilas y las Ninfas, Museo Saint Roman en Gall, Francia

Propercio se convierte en un instructor del amor de Galo al que pone como ejemplo el mito del rapto de Hilas.

"Esto te advierto, Galo, en nombre de nuestra constante amistad
(que no se te escapen estos consejos de tu ánimo confiado).
A menudo la mala suerte le llega al amante sin esperársela:
que lo diga el cruel Ascanio a los Minias.
El objeto de tu pasión no es inferior en belleza, no diferente
en el nombre, igual a Hilas, el hijo de Tiodamante.
A éste tú, ya recorras los ríos de un sombrío bosque,
ya las aguas del Anio bañen tus pies,
ya vagues por las playas del litoral de los Gigantes,
o donde sea con la hospitalidad de un serpeante río,
defiéndelo siempre del rapto apasionado de las ninfas
(no es menor el amor de las itálicas que el de las Adríades).
Que no tengas que visitar sin descanso, Galo, montes
escarpados, frías rocas o lagos conocidos:
esto fue obligado a sufrir el desgraciado Hércules, errando
por tierras desconocidas y llorando al cruel Ascanio.
Pues cuentan que un día la nave Argo, salida de los astilleros
de Págasas, tomó rumbo a la lejana Fasis,
y, después de sortear, deslizándose sobre las aguas, las olas
de Atamante, llegó a los escollos de los misios.
—Aquí el grupo de los héroes, cuando se detuvo en las tranquilas
orillas, cubrió la playa de un blando lecho de hojas—.
Pero el compañero del joven invicto había ido lejos a buscar
el agua cristalina de una apartada fuente.
A éste dos hermanos lo siguieron, prole de Aquilón;
revoloteando sobre éste Zetes, sobre aquél Cálais,
intentaban robarle besos extendiendo las manos
y darle besos desde el aire uno después de otro.
El muchacho se inclina y se separa de los extremos de las alas,
apartando con una rama el acoso de los hermanos alados.
Ya se había retirado la estirpe de Oritía, descendiente de Pandíon:
¡ay, qué pena!, se iba Hilas, se iba hacia las Hamadríades.
Allí estaba Pege cerca de la cima del monte Arganto,
húmeda morada, grata a las ninfas de Tinia;
sobré ella colgaban frutas con el frescor del rocío debajo de
árboles salvajes que nada debían al cultivo;
y a su alrededor crecían en un húmedo prado lirios blancos,
mezclados con adormideras color de púrpura.
Y ya cortándolas inocentemente con sus tiernas uñas
prefirió las flores al deber impuesto,
ya recostándose, ignorante, sobre las límpidas aguas,
atractivas imágenes le inducen a error.
Al fin se dispone a tocar el agua metiendo sus manos
y arrastra la abundante corriente, apoyado en su hombro derecho.
Tan pronto las Dríades, enamoradas de su belleza,
abandonaron, asombradas, sus danzas habituales, suavemente le
hicieron resbalar y lo acogieron con agrado en sus aguas:
entonces, mientras su cuerpo era raptado, Hilas dio un grito.
A él de lejos el Alcida responde repetidamente, pero el viento
sólo le devuelve el nombre desde las remotas montañas.
Advertido, Galo, por estos ejemplos, conservarás tu amor,
tú que has dado la impresión de confiar el hermoso Hilas a las ninfas."

(Propercio, I, 20)


Ser arrastrado hacia el fondo de las aguas se ha interpretado como una metáfora de ser conducido al inframundo tras la muerte. Es por ello que escenas relacionadas con Hylas son representadas en sarcófagos.



Mosaico opus sectile, Hilas y las Ninfas, Museo Nazionale Romano

 En el mundo helenístico se celebraban algunas ceremonias religiosas en las que los oficiantes simulaban el rito de buscar y llamar al joven desaparecido, como hizo Heracles con Hilas, convirtiéndolo en un ser divino.

“A Astácides de Creta, pastor de cabras, lo arrebató una
ninfa montaraz. Ahora es sagrado Astácides. Ya nunca más,
al pie de los robles Dícteos, cantaremos a Dafnis, pastores,
pero a Astácides siempre.” (Calimaco, epigrama XXII)

Es muy posible que Hilas fuera, en su origen, un dios de la vegetación que desaparece en una época del año, para volver a surgir con la primavera, como ocurría con Perséfone, raptada por Hades y buscadas por Demeter, su madre.

En el mundo oriental se creía que los niños y jóvenes que se habían ahogado habían sido raptados por los seres mitológicos que vivían en las aguas de arroyos, ríos o lagos. Eran arrebatados del mundo terrenal por su belleza e inocencia, pero al morir de tal forma se convertían en divinidades a las que se rendía culto. Muchos epitafios así lo muestran.
En Hermópolis, Egipto se halla una dedicatoria de un padre a su hija Isidora en la que se compara a la niña con Hilas, se la reconoce como una divinidad a la que se llevan ofrendas.

“En verdad las Ninfas han construido para ti, Isidora, este tálamo, las Ninfas hijas de las aguas. Nilo, la mayor de las hijas del Nilo, comenzó construyendo la concha, semejante a la que en las profundidades tiene en el palacio de su padre, maravilla para la vista. Y Crenea, esposa de Hilas tras su rapto, puso las columnas a ambos lados, como la gruta donde entre sus brazos tiene a Hilas, el aguador. Las Oréades eligieron el lugar y fundaron en él un templo. Para que tengas algo digno de ellas.

Ya no voy a ofrecer en memoria tuya más sacrificios acompañados de lamentos, hija, ahora que se que te has convertido en una divinidad. Haced libaciones y entonad plegarias en honor de Isidora, que fue raptada por las Ninfas y se ha convertido en una de ellas. Salud, hija mía. Ahora tu nombre es ninfa, y cada año las Estaciones derraman sus frutos como una libación en tu honor. El invierno, blanca leche, la untuosa flor del olivo y una corona tejida con narcisos, la más delicada de las flores. La primavera te envía aquí el producto de la laboriosa abeja y la rosa, que brota de su capullo, flor querida de eros. El verano, la bebida del lagar de Baco y una corona tejida para ti con los racimos de uvas que penden de las ramas. Estas son las libaciones que recibes ahora y todas ellas se renuevan cada año, como el culto a los inmortales. Por ello ya no voy a ofrecerte más sacrificios acompañados de lamentos, hija.”


El peligro de morir ahogado debía estar muy presente en el mundo antiguo, cuando el contacto con las aguas estaba más presente en la vida cotidiana, y por ello los fallecimientos de niños al caer en ellas causaban un profundo dolor que se refleja también en la literatura.

“Llorad vuestro crimen, pero lloradlo por todo el Lucrino, Náyades, y que sienta vuestros lamentos la misma Tetis. Arrebatado entre las aguas de Bayas ha muerto un niño, el famoso Eutico, tu dulce compañía, Cástrico. Éste era el compañero y el dulce alivio de tus cuitas; éste, tu amor y éste, el Alexis de nuestro poeta.
¿Acaso bajo las aguas cristalinas te vio desnudo una ninfa lasciva y ha devuelto su Hilas al Alcida? ¿O es que la diosa desprecia ya al afeminado Hermafrodita ansiosa del abrazo de un tierno varón? Sea ello lo que sea y cualquiera que haya sido la causa de este rapto súbito, ruego que tanto la tierra como el mar te sean delicados.”
(Marcial, Epigramas, VI, 68)


Mosaico de hilas y las Ninfas, Tor Bella Monaca, Museo Nazionale Romano,
foto Marie Lan Nguyen

Ovidio narra en sus Metamorfosis el encuentro de la ninfa Salmacis con un joven del que se enamora y al que pretende llevar consigo al interior de las aguas, para lo cual solicita ayuda de los dioses, concediendo estos que permanezcan por siempre unidos, convirtiéndose ambos en uno solo, Hermafrodito.

“El, por su parte, suponiéndose libre de miradas y en medio de praderas
solitarias, va de un lado para otro y en las aguas juguetonas se
moja las plantas de los pies desde los dedos hasta el talón. y sin
tardanza, atraído por la agradable temperatura de las aguas acariciantes,
 se quita del tierno cuerpo sus finas ropas. iEntonces fue
cuando gustó a Sálmacis, que se encendió en el deseo de sus formas
desnudas! Hasta los ojos de la ninfa centellean, no de otro
modo que cuando Febo, en todo el resplandor de su disco deslumbrante,
es reflejado por la reverberación de un espejo puesto
enfrente; y apenas soporta la espera, apenas puede ya aplazar su
goce, ya ansía abrazar, ya, fuera de sí, no logra dominarse. El
muchacho se golpea el cuerpo con el hueco de sus palmas y salta
raudo a la líquida superficie, y moviendo alternativamente sus
brazos destella en medio de las límpidas aguas como si se cubrieran
de transparente cristal estatuas de marfil o blanquísimos lirios.
"iHe vencido y es mío!" grita la Náyade, y, arrojando lejos
de si toda su ropa, se lanza en medio de las aguas, lo coge, aunque
él se resiste, le arranca besos por la fuerza, desliza sus manos por
debajo y toca el pecho recalcitrante, y envuelve al joven, ya por
seo un lado, ya por otro. Por último, mientras él se debate contra ella
y trata de escapar, lo enlaza como una serpiente a quien el ave del
rey de los dioses levanta y se lleva por los aires; colgando como
está, encadena la cabeza y las patas del águila, y con la cola
enlaza sus inmensas alas desplegadas; o como suele la hiedra
arroIlarse a los largos troncos, y corno un pulpo que ha apresado bajo
los mares a un enemigo y lo sujeta arrojándole por todas partes
sus tentáculos. Persiste el AtIantiada y rehúsa a la ninfa el placer
que esperaba; ella le oprime, y, con todo su cuerpo unido a él
 Y conforme estaba adherida. le dijo: "Aunque luches, maldito,
no por eso te vas a escapar; hacedlo así, dioses, y que jamás llegue
un día que separe a éste de mi ni a mí de éste!" La plegaria
tuvo dioses que la escuchasen; pues los dos cuerpos se mezclan y
se juntan, y ambos se revisten de una forma única, como, cuando
 se unen ramas bajo una corteza, se las ve juntarse al crecer y
desarrollarse en una vida común; pues así, una vez que sus miembros
se soldaron en apretado abrazo, no son ya dos sino una forma
doble, y no podría decirse que es una mujer ni un muchacho;
ninguna de las dos cosas y las dos cosas parecen.”

Pintura La Ninfa Salmacis y Hermafrodito, Francois Joseph Navez

El culto a las deidades de las aguas ha tenido una gran continuidad desde el neolítico hasta nuestros días, sin que ninguna religión haya podido abolirlo. La enorme importancia religiosa del agua radica en que se ha percibido como proveedora de fertilidad, aunque también de destrucción. El hombre primitivo experimentaba la regeneración del campo mediante la inundación, la lluvia y los manantiales. Su potencia, además, llegaba más allá al significar vida eterna, milagros y unión con Dios.
El agua de pozos o fuentes, arroyos, ríos o lagos se consideraba una vía fundamental de acceso al otro mundo como lo muestran las ofrendas o los sacrificios humanos y animales arrojados a ella.
Generalmente las ninfas fueron consideradas en el mundo griego como la personificación de las fuerzas naturales del crecimiento y la fecundidad del reino animal y vegetal, a los que proporcionaban el calor y la humedad suficientes para su germinación y desarrollo. Sus santuarios estaban asociados a fuentes de cristalinas aguas, a la vegetación más exuberante, al ambiente más agradable, a todo lo que resultara placentero para los sentidos.
Había ninfas de las aguas o náyades, ninfas de las montañas u oréades, ninfas de los campos húmedos o leimoniades, ninfas de los árboles o hamadriades, ninfas de los fresnos o melias, y ninfas de las cuevas o andriades.
 Las ninfas romanas fueron fruto de un proceso de asimilación de las ninfas griegas con todas las divinidades indígenas de la naturaleza con vinculación exclusiva al elemento húmedo y su mayor papel en la medicina. Las ninfas se asociaban con todas las deidades relacionadas con la vegetación, como Hércules, o asociadas a la agricultura, como Tellus, Ceres, o Flora.

Mosaico de Hilas y las Ninfas, Volubilis, Marruecos

Ovidio integra el tema de la ninfa enamorada, la atracción de las aguas para un joven bello y la repetición de palabras con la venganza en el mito de Eco y Narciso. En esta historia Narciso no es raptado por la ninfa, pero sí queda atrapado por la visión de su propia imagen reflejada en el agua, de la que queda enamorado.

“Perseguía él un día hacia las redes a los espantados ciervos, cuando lo vio la ninfa de la voz, la que no ha aprendido ni a callar cuando se le habla ni a hablar ella la primera, Eco, la resonadora… ella, sin embargo, duplica las voces en los finales de frase y devuelve las palabras que ha oído. Pues bien, cuando vio a Narciso, que erraba por campos solitarios, y se enamoró, … ¡Oh, cuántas veces quiso acercársele con palabras seductoras y dirigirle cariñosas súplicas! Su naturaleza se lo impide y no le permite empezar; pero para lo que sí le permite está ella preparada, para esperar sonidos a los que responder con sus palabras. Casualmente el muchacho, que se había alejado de) fiel grupo de sus acompañantes, había dicho: "¿Hay alguno por aquí?" y "por aquí" había respondido Eco. Se queda él atónito, y al dirigir su mirada en todas direcciones, grita con poderosa voz: "Ven"; llama ella a quien le llama. Se vuelve él y como nadie venía dijo: "¿Por qué huyes de mí?", y escuchó en respuesta tantas palabras como había pronunciado. Insiste, y engañado por la sensación de la voz que contestaba, exclama: "Aquí, reunámonos", y Eco, que jamás respondería con más gusto a ningún otro sonido, "reunámonos" repitió: y secundando sus propias palabras salió de la selva y se encaminaba a echar sus brazos al cuello ansiado. Huye él, Y al huir le impide enlazarlo con sus manos; "antes moriré", dice, "que puedas tú gozar de mí". Ella no repitió más que "puedas tú gozar de mí". Desdeñada, se esconde en la espesura, llena de vergüenza se cubre el rostro de ramaje, y desde aquel momento vive en cuevas solitarias.
Así había él escarnecido a ésta, y así a otras ninfas nacidas en las aguas o en los montes, así antes a una multitud de varones. Y entonces uno de los despreciados, levantando las manos al cielo dijo así: "Ojalá ame él del mismo modo y del mismo modo no consiga al objeto de sus deseos". Asintió la Ramnusia (la diosa de la venganza Némesis) a la justa petición.
… el muchacho, fatigado por la pasión de la caza y el calor, fue a tenderse, atraído tanto por la fuente' como por la belleza del sitio. y mientras ansía apaciguar la sed, otra sed ha brotado; mientras bebe, cautivado por la imagen de la belleza que está viendo, ama una esperanza sin cuerpo; cree que es cuerpo lo que es agua. Se extasía ante sí mismo y permanece inmóvil y con el semblante inalterable, como una estatua tallada en mármol de Paros… ¡Cuántas veces dio vanos besos a la engañosa fuente! ¡Cuántas veces sumergió sus brazos intentando agarrar el cuello que veía en mitad de las aguas, y no consiguió cogerse en ellos!  No sabe qué es lo que ve, pero lo que ve le quema, y la misma ilusión que engaña sus ojos, los espolea. Crédulo, ¿para qué intentas en vano coger fugitivas imágenes? Lo que tú buscas no está en ninguna parte; lo que tú amas, apártate y lo perderás. Esa sombra que estás viendo es el reflejo de tu imagen.”


Pintura de Narciso y Eco, Casa del Efebo, Pompeya

Las ninfas recibían culto en numerosos lugares y les eran dedicados monumentos o simplemente ofrendas y agradecimientos por su intercesión a favor del dedicante.

«A las ninfas de la fuente Ameva Cneo Lucio Terencio Homullo iunior, hijo de
Lucio, legado de la legión VII Gemina Feliz». (CIL II.5084 + 5676, León)



Relieve dedicado a las Ninfas, Museo del Ermitage

Sin embargo, se consideraba un mal vaticinio ver salir una forma del agua, por lo que entre los romanos se generalizó el miedo a las ninfas ya que en pleno día a la hora del calor turbaban el espíritu de los que las veían, quedando presos de un entusiasmo ninfoléptico (posesión por las ninfas).
Por esta razón se recomendaba no acercarse en el mediodía a las fuentes, a los manantiales, a las corrientes de agua o a la sombra de ciertos árboles.

¿Qué joven es éste que guarda las distancias a las transparentes aguas de
Jantis? ¿Ha huido, acaso, Hilas de su dueña, la náyade? ¡Oh, qué bien que el de
Tirinto es venerado en ese bosque y que guarda tan cerca las aguas amorosas!
Puedes servir sin ningún cuidado, Argino, estas fuentes: no te harán nada las ninfas; pero, ¡ojo, no sea que te pretenda el dios! (Marcial, VII, 15)



Pintura de John William Webster, Hylas y las Ninfas, Manchester Art gallery

La decoración de los cubicula privados solían incluir motivos amorosos por lo que el tema del mito de Hylas y las ninfas se pueden encontrar en mosaicos y pinturas que decoraban las habitaciones más apartadas de la vista de las visitas de las casas romanas, aunque también aparecen en salas de baños de algunas termas.

“… y vi también tablas del divino Apeles, del género que llaman los griegos monocromo. Tanta era la verdad del dibujo y lo acertado del color que se hubieran creído imágenes vivientes animadas por el genio del pintor. Acá se elevaba sublime al cielo un dios cabalgando sobre un águila: allá el puro Hilas rechazaba las caricias lascivas de una Náyade; más lejos Apolo, deplorando el asesinato cometido por su mano, adornaba su lira, recogiéndola de sobre un jacinto recién abierto. En medio de tales maravillas, y olvidando que me hallaba en un paraje público, exclamé: —¿Luego el amor no perdona ni a los dioses? Júpiter, no hallando en el cielo beldad que le satisficiese, baja en busca de su amor a la tierra, pero a nadie agravia con ello. La Ninfa de Hilas hubiera acallado su pasión si su ventura hubiese impedido de algún modo la de Hércules.” (Petronio, Satiricón, LXXXIII)




Pintura de Hilas y las Ninfas, Baños de Salamis, Chipre

Bibliografía:

electra.lis.upatras.gr/index.php/electra/article/download/2179/2227; AMORES DE HERACLES: CONTRASTES Y PARALELOS MÍTICOS; Alicia Esteban Santos
revistas.ucm.es/index.php/CFCL/article/viewFile/42757/40627; Spes lusa (VAL.FL.3.555). Hilas como anti-Julo; Antonio RÍO TORRES-MURCIANO
pendientedemigracion.ucm.es/centros/cont/descargas/documento12005.pdf; EL RAPTO EN LA MITOLOGÍA CLÁSICA; Assela Alamillo
es.antiquitatem.com/rapto-de-hylas-mosaico-italica-ninfas; El rapto de Hylas representado en un mosaico de Itálica muy peculiar; 25/05/2015
http://dspace-unipr.cineca.it/bitstream/1889/2076/1/Pietropaolo.pdf; ECHOES OF HYLAS. THE POETICS OF ALLUSION IN PROPERTIUS in Parole Rubate. Rivista Internazionale di Studi sulla Citazione, MARIAPIA PIETROPAOLO
www.upo.es/arqueologia/_galerias/descargas/Romvla-3.4.pdf; EL MOSAICO ITALICENSE DE HYLAS; Irene Mañas Romero
Epigramas funerarios griegos, Ed. Gredos
Las musas y el origen divino del canto y del habla, Walter F. Otto, Google books
Greek Nymphs : Myth, Cult, Lore; Jennifer Larson, Google books

martes, 27 de marzo de 2012

Mosaico del Cubiculum. Las Metamorfosis

Detalle mosaico cubículo de Materno
El primer mosaico encontrado en Carranque fue el de Las Metamorfosis que está en lo que debía ser el dormitorio del propietario, ya que una pieza de mosaico con una inscripción así parece indicarlo:
"EX OFFICINA MAS.....NI PINCIT HIRINIUS UTERE FELIX MATERNE HUNC CUBICULUM (del taller de Mas.....ni, lo pintó Hirinio, usa felizmente Materno este cubiculo). De aquí se concluye que el nombre del dueño de la villa tenía como nombre Materno. También aparece el nombre del artista que realizó el mosaico, Hirinio, algo que no suele darse.
En el centro del mosaico del cubículo se puede ver un retrato de mujer elegantemente vestida y con una aureola alrededor de su cabeza. Puede corresponder a la dueña de la casa, que se encuentra rodeada de cuatro escenas sacadas de las Metamorfosis y de bustos de personajes de la mitología clásica.

Escena del baño de Diana


Baño de Diana, mosaico de las Metamorfosis
En una escena aparece como figura central la diosa Diana a la que una ninfa peina, mientras otra vierte agua con un ánfora. Otra ninfa señala una figura masculina, Acteón, al que le crecen unas astas en la cabeza, como castigo de la diosa por su atrevimiento al espiarla durante su baño.

"En esta comarca consagrada a Diana había un remanso entre las rocas y las flores, maravillosa obra de la Naturaleza. La fuente de agua más pura sonaba entre dos riberas cubiertas de césped. La diosa de los bosques, fatigada por la caza, venía a bañarse frecuentemente aquí. Un día llegó Diana para bañarse con sus ninfas. Entregó su arco, flechas y carcaj, mientras una ninfa le ayuda a desnudarse. Crocale le anuda el pelo que le cuelga por el pecho y la espalda. Otras, Nifele, Hyale, Phanis, Psecas y Phile derraman por su hermosa cabeza vasos de perfume.
Acteón, interrumpiendo su cabeza, se dirigió a aquel lugar llevado por un destino cruel. Al verle llegar, las ninfas, gritando, rodearon a la diosa, que al ser más alta, se dejaba todavía ver. Diana, al verse sorprendida por un hombre desnuda en su baño, se sonroja. Al no tener sus armas, arroja agua al rostro de Acteón y le presagia: "Intenta, si puedes, decir que has visto a Diana desnuda." En ese instante, empezaron a crecerle en la frente unos cuernos de ciervo; su cuello y su cabeza se alargaron y sus manos se transformaron en patas." (Ovidio, Metamorfosis, L. IV, 2)

Escena de Amimone y Neptuno

Amimone en El mosaico de las Metamorfosis
Amimone, hija de Danao, es enviada por su padre a buscar agua para un sacrificio. Cansada por el viaje, se duerme y un sátiro al verla quiere abusar de ella. Ella pide ayuda a Neptuno, quien al llegar lanza un tridente al sátiro y se clava en una piedra. El sátiro huye y Neptuno, enamorado de Amimone, yace con ella y, a cambio, le concede el favor de sacar su tridente de la piedra. Al hacerlo, aparecen tres chorros de agua, que dan lugar a la fuente Amimonia.
En la escena, aparentemente, el caballo representa a Neptuno y la mujer, Amimone, parece estar asustada y querer huir de él.

Escena de Hilas y las Ninfas.


















Hilas, joven argonauta de gran belleza, se acerca con un cántaro a la orilla del río. Unas ninfas, al verlo se enamoran de él , y lo arrastran con ellas hasta las aguas de la fuente.


Escena de Píramo y Tisbe.












Píramo y Tisbe son dos jóvenes enamorados de la ciudad de Semíramis a los que sus familias impiden verse. Deciden huir y reunirse a medianoche. Tisbe se refugia junto a un moral, cuando aparece una leona. Tisbe corre y se cae desmayada. Píramo aparece y hace huir a la leona, pero creyendo muerta a Tisbe, se clava un puñal. Cuando Tisbe vuelve en sí, ve a su amado muerto, y, desesperada, pide al árbol que cambie sus frutos blancos en rojos como su sangre y se clava el mismo puñal. Esta escena la describe Ovidio en Las Metamorfosis, libro IV.